CAMBIA AL MUNDO CAMBIANDO TU MISMO

El hombre razonable se adapta al mundo; el hombre no razonable se obstina en intenta adaptar el mundo a sí mismo. Todo progreso depende, pues, del hombre no razonable.

sábado, 30 de enero de 2010

Se vende vida salvaje en Asia



El traficante de especies salvajes, su amigo especial en el gobierno y su ambicioso plan.
Por Bryan ChristyFoto de Mark Leong
El 14 de septiembre de 1998, un malasio delgado y con anteojos, de nombre Wong Keng Liang, bajó del vuelo 12 de Japan Airlines en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Llevaba unos pantalones de mezclilla, una chamarra azul claro y una camiseta estampada con la cabeza de una iguana blanca. George Morrison, agente a cargo de Operaciones Especiales, selecta unidad secreta de cinco personas del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos, lo esperaba. A segundos de su arresto, Anson (como conocen a Wong los traficantes de la vida silvestre y los funcionarios del orden público de todo el mundo) fue conducido esposado por los federales mexicanos para encerrarlo en la prisión más grande del país, el infame Reclusorio Norte.
Para Morrison y su equipo, atrapar a Anson Wong era un logro extraordinario: el contrabandista de especies en extinción más buscado en el mundo. Su arresto, que involucró a autoridades de Australia, Canadá, México, Nueva Zelanda y Estados Unidos, fue una victoria difícil, la culminación de una operación secreta que duró media década y aún es considerada por muchos como la investigación internacional sobre la vida salvaje más exitosa.
Por mucho tiempo eran demasiados los países (entre ellos Estados Unidos) donde agregar la frase “vida salvaje” a la palabra “crimen” disminuía la seriedad del asunto. Los fiscales federales de Estados Unidos querían que la condena de Anson mostrara al mundo que los traficantes de animales son criminales. Además de levantarle cargos de acuerdo con la ley estadounidense sobre el tráfico de flora y fauna, conocida como Ley Lacey, también lo acusaron de conspiración, delito grave de contrabando y lavado de dinero.
Por casi dos años, Anson peleó la extradición a Estados Unidos, pero finalmente firmó acuerdos de aceptación de culpabilidad, admitiendo crímenes con una pena máxima de 250 años en prisión y una multa de 12.5 millones de dólares. El 7 de junio de 2001, el juez de distrito estadounidense Martin J. Jenkins lo sentenció a 71 meses en una prisión federal (tomando en cuenta los 34 meses que ya había cumplido), lo multó con 60 000 dólares y le prohibió vender animales en Estados Unidos hasta tres años después de haber sido liberado de la cárcel.El juez se equivocó en creer que semejante prohibición serviría de algo con Anson Wong. Poco después de su arresto, su esposa y socia, Cheah Bing Shee, fundó una nueva compañía, CBS Wildlife, que exportó animales a Estados Unidos mientras Anson estaba en prisión. Su compañía principal, Sungai Rusa Wildlife, continuó haciendo envíos a pesar de la prohibición. Y ahora que está libre, Anson acaba de lanzar una nueva empresa, un zoológico que promete ser su iniciativa más audaz hasta hoy.
Cuestión de númerosEs casi imposible nombrar una especie vegetal o animal en cualquier lugar del planeta que no haya sido comerciada –legal o ilegalmente– por su carne, pelaje, piel, canto o valor ornamental, como mascota o ingrediente para perfumes o medicinas. Cada año, China, Estados Unidos, Europa y Japón compran miles de millones de dólares de vida salvaje a las partes del mundo ricas biológicamente, como el sudeste asiático, saqueando parques y tierras vírgenes, a los cuales a menudo sólo se puede llegar por caminos recién abiertos.
La ruta hacia el mercado suele comenzar cuando cazadores o granjeros pobres atrapan animales para los comerciantes locales, que los incorporan a la cadena de abasto. En Asia, la vida salvaje termina en la mesa de banquetes o en las tiendas de medicina; en los países occidentales, en las salas de los aficionados a los animales exóticos. La economía es tan fácil de entender como una subasta de arte: entre más raro sea el artículo, más alto es el precio.Aunque nadie sabe exactamente qué tan grande es el comercio ilegal de la vida salvaje, una cosa es cierta: es extraordinariamente lucrativo. Los capos de la droga matarían por esta clase de márgenes de ganancia. Los contrabandistas evitan ser detectados escondiendo animales ilegales en cargamentos legales, sobornan a los funcionarios de aduanas y de flora y fauna, y alteran documentos comerciales. Son pocos los capturados y por lo general las penas no son más severas que una multa por estacionarse mal. El tráfico de animales bien podría ser la forma de comercio ilegal más lucrativa del mundo, sin comparación.
Los contrabandistas también se aprovechan de una laguna jurídica en la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES, por sus siglas en inglés). La CITES tiene 175 países miembros y es el principal tratado en el mundo para proteger la vida salvaje, que se clasifica en tres grupos. Los animales del Apéndice I, como tigres y orangutanes, se consideran tan cercanos a la extinción que su comercio está prohibido. Las especies del Apéndice II son menos vulnerables y pueden comerciarse mediante un sistema de permisos. Las del Apéndice III están protegidas por la legislación nacional del país que las añadió a la lista. El tratado de la CITES tiene una enorme excepción: los especímenes criados en cautiverio no reciben la misma protección que sus contrapartes salvajes. Después de todo, la CITES se aplica a la vida salvaje.
Los partidarios de la crianza en cautiverio alegan que esta le resta presión a las poblaciones salvajes, disminuye el crimen, satisface la inagotable demanda internacional. Pero estos beneficios sólo se obtienen en países donde la aplicación de la ley es lo suficientemente fuerte para disuadir a quienes deciden romper las reglas. En la práctica, los contrabandistas ponen instalaciones de crianza falsas y luego dicen que los animales y las plantas producto de la caza furtiva fueron criados en cautiverio. La crianza falsa en cautiverio es sólo una de las técnicas que Anson Wong utilizó cuando dirigía una de las mayores organizaciones delictivas de tráfico de la vida salvaje del mundo.
Ahora el traficante de reptiles convicto más famoso está a punto de tomar una nueva dirección que podría tener terribles consecuencias para uno de los animales más reverenciados y carismáticos –y en peligro de extinción– del planeta: el tigre.
Operación camaleónOperaciones Especiales comenzó la caza de Anson Wong en otoño de 1993. El grupo se enorgullecía de enfrentarse a traficantes comerciales de gran escala.
Para los noventa, Estados Unidos estaba lleno de reptiles ilegales. Los precios eran altísimos: 20 000 dólares o más por una tortuga rara o un dragón de Komodo. Los reptiles son fáciles de contrabandear: son pequeños (al menos de bebés), durables y tienen metabolismos de sangre fría, por lo que pueden pasar largos periodos sin comida o agua. Valiosos y portátiles, los reptiles eran los diamantes del tráfico de la vida salvaje.
Los informantes habían mencionado el nombre de Anson Wong por años y Operaciones Especiales sospechaba que él era el líder global del comercio ilegal de reptiles. A Anson ya lo buscaban en Estados Unidos por contrabando de reptiles exóticos con un traficante de Florida a finales de los ochenta. Se decía que estaba muy consciente de su estatus de forajido. No habría manera de “hacer picar” a Anson Wong, de engañarlo con una sola transacción en el cuarto de un hotel o de agarrarlo pasando reptiles personalmente por el aeropuerto. Para atraparlo, Operaciones Especiales tendría que idear algo más ingenioso.
Se puso a la cabeza al agente especial Morrison, de dos metros de altura, cazador de toda la vida e hijo de un abogado. Él y su jefe, el agente especial Rick Leach, rentaron un espacio en un complejo de negocios afuera de San Francisco. Abastecieron su nueva empresa de mayoreo, llamada Pac Rim, con la única mercancía vendible que tenían, una carga de conchas y corales que había quedado de investigaciones anteriores: almejas acanaladas, conchas espiraladas de la familia Trochidae, corales duros, la clase de baratijas en blanco y rosa que venden en las tiendas de acuarios y playas para turistas. Anunciaron su mercancía en revistas y, cuando llegaron las órdenes de compra legítimas, los avezados combatientes del crimen se pusieron a empacar y etiquetar ellos mismos.
Como complemento de Pac Rim, Operaciones Especiales abrió un negocio de ventas al menudeo llamado Silver State Exotics, en las afueras de Reno, Nevada. La combinación proporcionaba a los agentes un círculo económico: podían importar animales al mayoreo con Pac Rim y vender al menudeo lo que no necesitaran como evidencia mediante Silver State Exotics; daba la impresión de que Pac Rim era una próspera operación global (además de que representaba ingresos). El 19 de octubre de 1995, Morrison envió un fax a la compañía de Anson, Sungai Rusa Wildlife, explicando que era un mayorista de conchas y corales interesado en expandir su negocio a reptiles y anfibios. Anson respondió con una lista de precios de una página que contenía ranas y sapos de menos de cinco dólares y gecos comunes por 30 centavos con sus nombres en latín. En una ocasión, Anson usó su propio nombre para una subespecie: ansoni. Destacaban dos animales de la lista: la tortuga boba (también conocida como tortuga de nariz de cerdo) y el clamidosaurio de King, protegido en todas sus gamas en Papúa Nueva Guinea, Indonesia y Australia. Así, en su primer contacto con Morrison, un completo desconocido, Anson le había dado ya una probada de la vida salvaje ilegal.
Pronto, Anson le ofrecía a Morrison los más valiosos y escasos reptiles del Apéndice I: dragones de Komodo de Indonesia, tuátaras de Nueva Zelanda, aligátores chinos y tortugas de espolones de Madagascar, la más rara de todas. Enviaba por aire desde Malasia dragones de Komodo directamente a Morrison, ocultos en portafolios que transportaba James Burroughs, su mula estadounidense. Envió tortugas radiadas de Madagascar, con las patas pegadas con cinta adhesiva dentro de sus conchas, envueltas en calcetines negros y metidas en el fondo de cargamentos de reptiles legales.
Morrison se maravilló de la destreza de Anson. Podía sacar tortugas de Perú sin siquiera tocarlas. Contrataba cazadores furtivos en un santuario de la vida salvaje en Nueva Zelanda. Era dueño de un negocio de flora y fauna en Vietnam. Y se jactaba de su habilidad para hacer cumplir sus tratos haciendo uso de la fuerza bruta china.
También explotaba considerablemente la excepción de crianza en cautiverio de la CITES, alegando que los animales salvajes que exportaba habían sido criados en granja. Mediante una treta, Anson envió grandes cantidades de tortugas estrelladas de la India desde Dubái, diciendo que habían sido criadas en cautiverio ahí. Cuando los investigadores fueron a ver las instalaciones, se encontraron con una florería.
Anson le aseguró a Morrison que no tenían nada que temer de las autoridades malasias. En ese país, el contrabando de la flora y la fauna silvestres está vigilado tanto por aduanas como por el Departamento de Vida Salvaje y Parques Nacionales, o Perhilitan.
En una ocasión, Anson le ofreció a Morrison 20 pitones de Timor por 15 000 dólares. Morrison dijo que estaba interesado, pero que le preocupaba que las serpientes no tuvieran papeles de la CITES. “En definitiva, tendrán papeles –respondió Anson–. Voy a usar un chivo expiatorio para que lo arresten. Los bienes serán confiscados y el mismo departamento me los venderá”.Después, Anson le ofreció a Morrison cuernos de rinocerontes de Sumatra y Java, ambos animales prohibidos en el Apéndice I. Tenía acceso a aves extraordinarias, como el miná de Bali, cuya población salvaje se estimaba en menos de 150. Alardeaba acerca de sus guacamayos de Spix, ave que se creía extinta en la naturaleza, diciendo que había vendido tres. El precio en el mercado negro de un guacamayo de Spix era de 100 000 dólares. Su extensa lista de asombrosas rarezas ilegales incluía pieles de panda y leopardo de las nieves.
Pensar en Anson Wong sólo como un contrabandista de reptiles había sido un grave error, que le permitió maniobrar libremente a lo largo y ancho del globo.
“Puedo traer cualquier cosa desde donde sea –le escribió a Morrison–. Sólo depende de cuánto se le pague a cierta gente. Dime qué quieres, yo asumiré los riesgos y te diré el costo”.“No me pueden hacer nada –alardeaba–. Podría vender un panda, y no pasaría nada. Mientras me encuentre aquí, estoy a salvo”.
Finalmente, después de cinco años y medio millón de dólares de comercio ilegal, Morrison estaba listo para irrumpir en la Fortaleza Malasia, como llamaba a la base de Anson. Le propuso que se asociara con él en una nueva empresa, especializada en los animales más raros del planeta. “El precio máximo, cosas difíciles de conseguir –respondió Anson–. Me he puesto en una posición en la que la gente me ofrece las cosas antes que a nadie más”. Estaba adentro.
“Por favor, acuérdate de que no vendo directamente, es demasiado peligroso”, le escribió a Morrison. En cambio, usaría un intermediario.
Morrison comentó que él también tenía una socia que haría los arreglos desde Canadá, pero no trabajaría con Anson hasta conocerlo en persona. Anson estaba renuente. Le dijo a Morrison que debido a la orden de aprehensión pendiente en su contra no podía entrar en territorio estadounidense y estaba receloso de Canadá.
“Nos podemos reunir en cualquier lugar de Asia”, escribió Anson. Argentina, Sudáfrica, Perú, Francia e Inglaterra también eran aceptables. “Ni Nueva Zelanda ni Australia”, estipuló.Quedaron en México.
El fénix malasioAunque con el arresto de Anson Wong ese día de septiembre de 1998 el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos logró su misión, quizá perdió una guerra. “Concentramos todo en un clímax”, me dijo George Morrison. Exhausto, dejó su trabajo encubierto de tiempo completo. Rick Leach, el supervisor del grupo, se retiró y pronto Operaciones Especiales prácticamente cerró sus puertas.
Cinco años después, el 10 de noviembre de 2003, Anson salió libre. Los reporteros acudieron en tropel a Malasia. Se apostaron frente a su cuartel general en Penang, diminuta isla frente a la costa oeste, para intentar sacarle una foto. Se rehusó a hablar con la prensa.
En ese tiempo, Malasia estaba envuelta en un escándalo de contrabando relacionado con gorilas occidentales, especie en grave peligro de extinción. Los traficantes habían utilizado los Jardines Zoológicos de la Universidad de Ibadan, en Nigeria, como pantalla para llevar de contrabando cuatro bebés, secuestrados del bosque en Camerún, al Zoológico Taiping de Malasia. El incidente de Los Cuatro de Taiping había encendido la indignación internacional. En medio de esta conmoción, Anson se sentó frente a su computadora y escribió un mensaje de una sola línea en Vorras.net, sitio de mensajes frecuentado por comerciantes internacionales de la vida salvaje: “Necesitamos primates nigerianos. Por favor mande precio y costo de envío a Malasia”.
Anson había vuelto al negocio.
En realidad nunca se había detenido. Durante su encarcelamiento, Cheah Bing Shee continuó dirigiendo la operación. Esta vez Anson comenzó a frecuentar los foros de Internet en busca de reptiles de India, Madagascar y Sudán, insectos de Mozambique y “10 toneladas al mes” de cuernos de borrego. Ha ofrecido vender una amplia selección de vida salvaje, que incluye reptiles malasios, pájaros mina, loros y medio millón de dólares de madera de agar, apreciada por sus cualidades aromáticas. A la petición de aves y mamíferos muertos respondió: “Siempre tenemos especímenes”.
En un inicio, lo que atrajo mi atención hacia Anson fue un comentario a la ligera de Mike van Nostrand, propietario de Strictly Reptiles en el sur de Florida, uno de los mayoristas de importaciones y exportaciones más grandes del mundo y de los principales clientes de Anson. Yo escribía un libro sobre el pasado de Van Nostrand como contrabandista de reptiles. “Dos semanas después de haber salido –me dijo Van Nostrand en el verano de 2004–, Anson me ofreció algo que realmente no debería tener”. Era un varano de Gray, lagarto frugívoro filipino que se creía extinto hasta finales de los setenta y uno de los animales por los que Anson había ido a prisión. Van Nostrand, que también había cumplido su sentencia en la cárcel por contrabando de reptiles y deseaba evitar que eso se repitiera, estaba impresionado. “Caramba, no te rindes nunca”, pensó.
En septiembre de 2006 renté un departamento en el sur de Florida y me puse a trabajar para Strictly Reptiles. Me pasé tres meses en el almacén barriendo los pisos, limpiando cajas de serpientes y desempacando cargamentos de reptiles –entre estos los de Anson– con la finalidad de hacerle una sola pregunta a Van Nostrand: “¿Me lo presentarías?”. Por fin Van Nostrand y yo nos hicimos amigos. Pocos días antes de que se venciera mi contrato de arrendamiento hice la pregunta. “Por supuesto –me respondió–. Anson hablará contigo. Le encanta hablar de él mismo”.
Adentro de la fortalezaSungai Rusa Wildlife, localizada en la sección de moda Pulau Tikus (“isla rata”) de Penang, fácilmente podría confundirse con un salón de belleza. No es más amplia que un garaje familiar y es difícil de identificar; es una de las docenas de locales a lo largo de una tranquila hilera de tiendas minoristas que ofrecen reducciones abdominales, cuidado de la piel y tratamientos de spa. Cuando entré, el 2 de marzo de 2007, estaban estacionados afuera un BMW negro y una van de carga, con la dirección de la granja de Anson en Penang.
Anson me dio la mano con ese apretón extra que algunos hombres hacen antes de soltarte. Me condujo entre los montones de tarántulas vivas en envases de plástico, papeles regados y cajas de envío hasta su oficina privada, una habitación apretada y sin ventanas. Aunque en la web anunciaba que su compañía producía “de 50 a 100 millones de dólares” en ventas anuales, lo más caro de la habitación era el celular sobre su escritorio.
Después de sentarme, Anson señaló tres conjuntos de fotografías laminadas y adheridas a la puerta de su oficina. “Mi esposa las puso para recordarme que me pregunte a mí mismo si vale la pena –dijo–. Hermoso, ¿no?”
Eran evidencia de las tortugas estrelladas de la India que había traficado, cada página con el sello de la corte federal del Distrito Norte de California. Quizá hayan sido un recordatorio de su esposa para Anson, pero también eran una advertencia para quien entrara por esa puerta: yo, Anson Wong, fui sometido al más duro de los obstáculos legales en el mundo y heme aquí.Tenía apariencia juvenil. Llevaba unos lentes grandes y redondos, y cola de caballo, salpicada de gris. A los 49, su rostro no daba signos de estrés. Tenía el aire culto de un artista exitoso y hablaba en un perfecto inglés con un placentero toque británico. Detrás de su cabeza había un mapa del mundo. A mis espaldas dormía una pitón reticulada, la pitón más grande del mundo.Anson dijo que había comenzado en el comercio de la vida salvaje en los ochenta, con una compañía llamada Exotic Skins and Alives. Entonces, comentó, Malasia sólo otorgaba protección legal a la flora y fauna autóctonas, por lo que comerciaba libremente especies en extinción de todo el mundo. Anson sonrió. “Cualquier cosa”, dijo.
Le hablé del libro que estaba escribiendo sobre su cliente estadounidense Mike van Nostrand, que también había jugado al gato y el ratón con el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. “Tú eres el principal en Asia –añadí–. Mike me dijo que si no fuera por Anson Wong, no habría industria de reptiles en Estados Unidos”.
Anson nombró a un comerciante rival en Indonesia y a otro en Madagascar. Luego se rio y sacudió la cabeza. “Bueno, creo que no somos tantos”.
La vida salvaje es parte integral de toda la economía asiática, dije, y estoy interesado en la línea entre el hombre y la naturaleza.
“Ahhh –exclamó. Anson alzó los brazos y juntó los puños–. Siempre en conflicto”.
Conmoción futura“Estoy construyendo otro zoológico –dijo, señalando un documento de 30 páginas en su escritorio con el título ‘Anson Wong, Flora and Fauna Village’–. Los planos se aprobaron ayer”. Comencé a ojear los dibujos arquitectónicos.
Los socios de Anson eran su esposa y Michael Ooi, traficante de orquídeas conocido internacionalmente. Por años, los Wong y Michael Ooi han dirigido un zoológico en Penang llamado Jardín de Orquídeas, Hibiscos y Reptiles Bukit Jambul.
Los zoológicos son una buena cubierta. Si controlan uno, los traficantes pueden desplazar especies en peligro con papeles de la CITES, y un zoológico puede usar su programa de crianza para explicar la aparición de un nuevo animal. Por lo general, la CITES no monitorea lo que sucede con un animal luego de que un zoológico lo importa: se puede vender un gorila en el país o, si muere (o lo matan), puede destazarse para usarse como carne, o en partes, o disecado.Anson me comentó que su nuevo zoológico superaría por mucho a Bukit Jambul. Aún exhibiría reptiles y les cobraría a los visitantes casi nada por entrar, pero esta vez esperaba ganar mucho dinero. Tenía un nuevo enfoque: grandes felinos. “Amo los tigres”, dijo.“Crianza en cautiverio –Anson sonrió–, ese es el futuro”.
Subí la mirada con un sobresalto de adrenalina. Los tigres están casi extintos en su hábitat natural, sólo quedan alrededor de 4 000. Y ahora Anson Wong planeaba hacer de los tigres su especialidad.
El mercado negro de tigres es valioso. Los tibetanos usan batas de piel de tigre, los coleccionistas adinerados exponen sus cabezas, los restaurantes exóticos venden su carne, se dice que su pene es afrodisiaco y los chinos codician sus huesos como cura, como el vino de hueso de tigre, el “caldo de pollo” de la medicina china. Los expertos estiman en 10 000 dólares o más el precio en el mercado negro de un tigre macho adulto muerto. En algunos países asiáticos, las atracciones turísticas conocidas como parques de tigres operan en secreto como granjas: matan a los tigres por sus partes y además ofrecen un mercado potencial para los cazadores furtivos de tigres salvajes (sólo en comida, mantener a un tigre cuesta 5 000 dólares al año; una bala sólo cuesta un dólar).
Anson tiene una historia oscura con los grandes felinos. Durante la Operación Camaleón le había pedido a Morrison que lo ayudara a montar los tigres que estaba criando para venderlos como trofeos. Ofreció sacar un puma de contrabando de Estados Unidos y quiso venderle a Morrison un gato jaspeado del Apéndice I. Luego de su liberación de la cárcel, se encontraron cachorros de tigre de su propiedad en exhibición en una tienda de mascotas de Kuala Lumpur.Miró de reojo mi mochila. “George Morrison grababa todo”, dijo, y se levantó. “Estoy ocupado”, añadió.
Me acompañó a la puerta. “Cuando termines tu libro deberíamos hablar acerca de mi historia”, dijo.
Entonces cometí un error. Mencioné que había escrito un artículo donde exponía un acuerdo cuestionable entre el gobierno de Estados Unidos y un traficante de monedas británico para vender la moneda más valiosa –y robada– del mundo y repartirse las ganancias. Normalmente, decirle a un ex criminal que metiste en problemas al gobierno es una forma infalible de mejorar tu relación con él. Pero había olvidado por un momento la premisa de la Operación Camaleón: Anson y su gobierno eran amigos.
Anson se me quedó viendo. “Así que eres periodista”, me dijo, y se puso tenso.Aparentemente, me había confundido con un biógrafo. Comencé a responder, pero me interrumpió. “A los periodistas que revelan lo que la gente prefiere mantener oculto a veces los matan”, dijo, con la voz muy calmada.
Kecik-kecik cili padiUn día de finales de diciembre de 2007, el Mercedes-Benz negro de Anson llegó al aeropuerto internacional de Penang y recogió a dos de los principales funcionarios dedicados a hacer cumplir la ley de flora y fauna de Malasia: el director de la División de Cumplimiento de la Ley de Perhilitan, Sivananthan Elagupillay, y su jefa, la subdirectora Misliah Mohamad Basir. Los funcionarios habían volado desde Kuala Lumpur para la conferencia de prensa del lanzamiento de Flora and Fauna Village, ahora una empresa conjunta entre el Departamento Forestal de Penang, Anson Wong y la compañía de Michael Ooi. Sería un zoológico de dos hectáreas ubicado dentro de la Reserva Forestal Teluk Bahang, y el gobierno estatal de Penang contribuía con 700 000 ringgits (200 000 dólares) para ayudar a financiarlo. Una fotografía del periódico The Star, de Malasia, mostraba a los funcionarios del gobierno inspeccionando la nueva guarida de los tigres.
“El precio será muy asequible, ya que uno de nuestros propósitos también es conservar a las especies en extinción”, les dijo Ooi a los reporteros.
Anson siempre había hecho alarde de sus influencias en el gobierno. Ahora gozaba de un franco apoyo tanto del gobierno de Penang como del Departamento de Flora y Fauna de Malasia. La presencia de Misliah era irónica. Durante la Operación Camaleón, Misliah había sido el funcionario de flora y fauna a cargo en Penang. Ella firmó sus permisos de la CITES. Cuatro años después del arresto de Anson, fue promovida como directora de la División de Cumplimiento de La ley de Perhilitan y, para 2007, se le había dado el segundo puesto más importante del departamento.Me pregunté qué pensaría Misliah del hombre que había traficado tantas especies en peligro frente a sus propias narices. “Es un buen amigo”, dijo Misliah con una risita, sentada detrás del escritorio en su espaciosa oficina en la sede de Perhilitan. Era una pequeña mujer regordeta. Francamente, su voz era la más dulce que he escuchado jamás.
Me habían advertido que Misliah tenía dos prejuicios: le desagradaban los estadounidenses y creía que todos estaban obsesionados con Anson Wong.
“Ya sabes –dije–, soy estadounidense y, cuando se trata de Malasia y la vida silvestre en Estados Unidos, nosotros sólo escuchamos una historia”.
“¿Cuál?”, preguntó amablemente.
Sonreí. “Anson Wong”.
Misliah se rio. Había llegado a Perhilitan a principios de los ochenta, más o menos al mismo tiempo que Anson empezaba en el negocio de los reptiles, y ha estado destinada a Penang gran parte de su carrera. “Me pasé más de 10 años inspeccionando sus cargamentos”, dijo. Intenté imaginarme a Misliah, palanca en mano, abriendo los embalajes de madera de Anson para llegar a las cajas llenas de gecos Tokay, que muerden, de venenosas ularburong y de otros animales violentos con poderes disuasivos que Anson llamaba especies tapadera, porque los ponía hasta arriba de los cargamentos de animales ilegales.
Ella no sabía mucho de reptiles cuando empezó, comentó, pero ahora sí. “Todo lo que sé sobre ellos lo aprendí abriendo las cajas de Anson”. Misliah volteó a ver sus libreros. Aunque casi no había visto a Anson desde que se mudó a Kuala Lumpur, todavía le pedía prestados sus libros para identificar aves de vez en cuando. Cuando sus oficiales no pueden identificar un animal, ella les dice que llamen a Anson. “Es mejor que cualquiera del departamento para identificar la flora y la fauna, así que por qué no acudir a él –dijo–. Es el más entendido del país”.Noté que Misliah rara vez parpadea.
“Es muy listo –siguió mientras me explicaba que Anson hace todos sus tratos por teléfono–. En Malasia tienen que atraparlos con los animales. No como en Estados Unidos con la Ley Lacey”, dijo despectivamente.
La Ley Lacey convierte la violación de las leyes de la vida salvaje en un delito federal, aun para los extranjeros, y un contrabandista no tiene que ser atrapado en posesión de un animal para enfrentarse a un juicio por delito grave. Misliah considera que la condena de Anson según la Ley Lacey es ilegítima y ha acusado públicamente al Servicio de Pesca y Vida Silvestre estadounidense de haberle tendido una trampa.
“Dijeron que tenía dragones de Komodo, pero él nunca lleva animales, tiene mensajeros en todas partes –dice Misliah–. Cuando estaba en prisión, Anson me envió cartas. Se las arregló con sobornos. ¡Lo trataban como a un rey!”. Explicó que su negocio había bajado mientras estaba en prisión y su esposa se quedó a cargo. “Pero –dice– ahora va hacia arriba”.
La segunda funcionaria de vigilancia de la flora y fauna más importante de Malasia habla del traficante ilegal más famoso de su país como si fuera su sobrino consentido.
“La gente dice ‘¿cómo puedes darle su licencia?’ –una sonrisa cubre el rostro de Misliah–. Se portó muy mal, pero si no le damos la licencia, de todos modos lo va a hacer”. De esta manera, agrega, pueden tenerlo vigilado.
Hasta este día, Misliah responde por Anson. “Anson Wong ha llevado su negocio legalmente y ha cumplido con las necesidades y requerimientos de la ley nacional. Él y sus negocios en la península de Malasia han sido monitoreados de cerca por este departamento”, afirmó su oficina en una declaración escrita a la prensa en 2008. También estaba en favor de legalizar la crianza de tigres y el comercio de bilis de oso. “¿Por qué no?”, me preguntó.
Misliah Mohamad Basir, tan discreta y aparentemente buena, es una de las personas que toman decisiones sobre la vida silvestre más poderosas del planeta. Bajo su mirada, Malasia se ha convertido en un centro de tráfico global.
Seguía pensando en lo encantadora que parecía en persona. “¿No es la mujercita más dulce que hayas conocido?”, le pregunté a un funcionario de alto rango en Perhilitan.
El funcionario me estudió un momento, luego sonrió. “Tenemos un dicho en Perhilitan acerca de ella: Kecik-kecik cili padi”.
Un guardia del parque que estaba cerca asintió.
“Los chiles más pequeños siempre son los que más pican”.
Se busca comisarioMisliah había mencionado a un adversario de nombre Chris Shepherd, un intrépido investigador que había llamado la atención hacia las operaciones del mercado negro de flora y fauna en todo el sudeste asiático. “Dice que sólo somos un país de tránsito –me dijo Misliah, con evidente desdén–. Dice que no hacemos nada para detener el contrabando”.
Shepherd, canadiense, trabaja para TRAFFIC, la rama de vigilancia comercial de la Fundación Mundial para la Naturaleza y de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Con base en Cambridge, Reino Unido, y funcionarios en todo el mundo, los investigadores de TRAFFIC monitorean el crimen y proporcionan información a las autoridades del país correspondiente. Shepherd es el investigador en jefe de las oficinas del sudeste asiático, en Petaling Jaya, Malasia. Durante la última década ha publicado una montaña de informes sobre el comercio ilegal de partes de oso, elefantes, civetas, charlatanes, tortugas estrelladas de India, siraos, tortugas de cuello largo de la Isla de Roti, el tigre de Sumatra y más. Muchos lo consideran uno de los mejores investigadores de la región y sus informes son de provecho para los conservacionistas y el orden público en todo el mundo.
Cuando visité a Shepherd y le pedí que me mostrara su archivo sobre Anson Wong, me miró desconcertado. Abrió el archivero y sacó un delgado fólder de un cajón medio vacío. Luego de escanear unas cuantas páginas, sacudió la cabeza.
Ninguno de los investigadores de ONG que conocí en el sudeste de Asia, incluido Shepherd, había puesto jamás los ojos sobre Anson Wong. Todo el tiempo me encontraba con expertos deseosos de llevarme a ver atrocidades: cachorros de oso en Vietnam sumergidos en agua hirviendo para intensificar la “fuerza de vida” en la sopa de garra de oso, orangutanes encadenados en los patios traseros de los generales indonesios, aves en peligro abiertamente a la venta en los mercados asiáticos. Pero cuando les pregunté qué conexiones se podían establecer entre una de esas escenas y una organización criminal, nadie tenía un solo ejemplo de una agrupación que pudiera rastrearse, como uno esperaría en cualquier programa televisivo barato de policías.
“Sus cerebros funcionan como una cámara”, me dijo George Morrison. Las ONG, sus donadores y los medios tienden a centrarse en los crímenes contra la vida salvaje que pueden ver, mientras que las organizaciones criminales multinacionales operan ocultas detrás de los registros corporativos, los permisos de la CITES y la información comercial.
Los empleados de las ONG dedican su tiempo a muchas cosas: recolección de fondos, informes sobre las especies, entrevistas con la prensa, reuniones con donadores, estudios de mercado, y pago de cuentas. Las ONG no son la policía. No tienen autoridad para hacer cumplir la ley, las visas de sus empleados dependen de los funcionarios de flora y fauna a los que podrían investigar y, si presionan demasiado, se meten en problemas. En 2008, TRAFFIC emitió un informe sobre el comercio de partes de tigre en Sumatra e instó a Indonesia para que incrementara la aplicación de la ley. En respuesta, este país congeló las actividades de TRAFFIC, medida equivalente a la expulsión. Tonny Soehartono, el oficial del Ministerio Forestal responsable por esta acción de Indonesia, explica sus motivos: “TRAFFIC atacó a mi país”.
El propio TRAFFIC sólo cuenta con tres investigadores para cubrir el sudeste de Asia y un ciento de empleados en todo el mundo. El secretariado de la CITES sólo tiene un –es correcto, uno– funcionario dedicado a hacer cumplir la ley. Por su parte, la Interpol sólo dispone de un agente encargado de administrar su programa dedicado a los crímenes relacionados con la vida salvaje. Otros países tienen herramientas útiles, como autoridad para realizar grabaciones, pero no el largo alcance de la Ley Lacey, y ahora Operaciones Especiales de Estados Unidos se hareducido a tres o menos agentes.
En una audiencia del comité del Congreso en Estados Unidos sobre los vínculos entre la seguridad nacional y el tráfico de la vida salvaje conocí a una mujer con un doctorado en veterinaria que me había ayudado a preparar parte del material informativo. “Quiero trabajar encubierta en el sudeste asiático”, me comentó. Quedé impresionado: una profesional brillante deseosa de asumir la vida de un agente encubierto. “Pronto estaré de vacaciones –dijo– y lo voy a hacer”.
¿Existe otra área del orden público en la que un ciudadano privado pueda siquiera imaginar hacer trabajo encubierto durante sus vacaciones?
A Misliah no le agrada Shepherd porque sus críticas salen en las noticias, pero a los casos sólo les va bien en la prensa cuando involucran animales emblemáticos que producen títulos tan atractivos como Los Cuatro de Taiping o Los Seis de Bangkok (orangutanes de contrabando). No les va bien si sólo se trata de peces sencillos con nombres como pez Napoleón o de las 14 toneladas de tortugas, lagartos varanos y pangolines que se hallaron a la deriva en un bote abandonado frente a la costa de China.
Una nueva organización regional podría ser motivo de esperanza: la Wildlife Enforcement Network (WEN) de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ANSA). Establecida hace cuatro años, la wen reúne a agentes de aduana, funcionarios de flora y fauna, fiscales y policías de cada uno de sus 10 países miembros. También participan Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, ya que buena parte de los fondos fueron proporcionados por la Agencia para el Desarrollo Internacional estadounidense. La prueba del potencial de la WEN es que Anson Wong está suscrito a su boletín.
En agosto pasado, Misliah respondió a las acusaciones de una relación corrupta entre su departamento y Anson Wong: “En lo que concierne a Malasia, acata las leyes locales y cuenta con las licencias necesarias –dijo–. Lo que haga fuera del país no es asunto nuestro”.
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